En el futuro el hombre destruirá al hombre… y los Dioses serán robots

publicado por forunkulo el 29.03.2018 / 22:46hs. en Escritos

Conocía el calor más que al seno de mi propia familia aunque había nacido en el medio del frío, rodeado por lagunas de hielo y montañas henchidas de color verde. Y como cualquier otro chango perturbado de pueblo ─estimado amiguito─ vivía refugiado debajo de esos cubículos aburridos por la escasa luz y poblados de gamberros y cholas de lo más dulces que hubiera visto. Cuando crecí mi salud se fue muriendo con tanta velocidad que mis probabilidades de supervivencia se redujeron a casi por la mitad. Ni el propio doctor podía entender la cuestión del problema, pero parecía un caso serio a juzgar por su semblante pálido. Por suerte todavía no había muerto, y podía moverme con los ojos bien abiertos y contemplar todos esos acontecimientos con una absoluta normalidad.

Casi todas mis cosas estaban conectadas con el ensueño, con la fantasía, y como consecuencia de esto no podía mantenerme quieto: mi sangre me sacudía y me movía. Y cuando alguna de estas cosas dejaba de producirme alguna satisfacción entonces la borraba ─la hacía a un costado de todo─ y me sumergía dentro del torrente de otra nueva. Por otra parte, cuando alguna de estas cosas se volvían reales, nacían otras más brutales, por lo que mi identidad o mi aspecto iban mutando o convirtiéndome.

Pero lo peor de todo no era verme a mí mismo como un soñador, sino como alguien que no concretara sus sueños, como un verdadero farsante. Debía proponerme aventuras alocadas que escaparan a las fronteras de mi mundillo inventado, y para conseguirlo debía alejarme de todo: principalmente de mí mismo.

Además la educación de la que me habían proveído en las escuelas me traían problemas, principalmente por las restricciones infundadas con respecto a mi comportamiento (que era de alejamiento), pero a esta edad de la vida ya no tenía del tiempo suficiente para cuestionarlas a nadie… así que comencé a perfeccionarme en cada una de mis habilidades: primero en los profundos prostíbulos; después rodeado de inmensas luces de tinta brillante o una ruidosa muchedumbre de almas desencantadas. Había descubierto (por medio del estudio) maneras de auto complacimiento de modo que todo se asemejaba a una película: podías meterte por el culo de una cosa y salir por las orejas de otra, de verdad no necesitabas un alma, ni siquiera de un cuerpo (esas eran cosas del pasado)… éramos como un fotograma peludo de esos que respiran electricidad hasta el final de la vida.

Pocos años después la bilirrubina ya había ascendido hasta el iris.

Tenía temblores que se me habían convertido en una cosa tan natural y rutinaria como comer o cagar, y según mi propio diagnóstico no podría sobrevivir más de un mes sumando mi manía auto-destructiva. Pero al contrario de todo resultado deprimente comencé a creer en una salvación inventada. Hice esto: me tendía en la alfombra y empezaba a rezar. Rezaba mirando a los cielos. Primero decía el nombre de Cristo, y le rogaba su ayuda. Le explicaba lo que había hecho en los últimos días. Le decía que había juntado una enorme cantidad de problemas, que no podía con todos a la vez. Demasiado peso para mis hombros, Señor. A cambio de liberarme de un poco de peso ofrecía algún tipo de acción caritativa, como forma de lavarme la suciedad y volver al ruedo de nuevo.

Un día, como bajados del cielo, se me cruzaron frente a mis ojos una serie de artefactos de hostigamiento, como un cuchillo con empuñadura de marfil blanco (que trasmitía una especie de energía) o una barra de hierro con insignias tales como A y P. Entonces supe lo que debía hacer. Ambas cosas habían sido concebidas para los mimos propósitos… ¡Pero que me la jalen y que se metan tres dedos en el pavo si creen que debiera quedarme encogido de hombros! Este agradable acontecimiento me quitó el tiempo para rezar. Dedicar esas horas aburridas a pedir perdón a cambio de pasar a la acción era visto como una bendición. Desde entonces, cada mañana, a la seis en punto, cuando el gallo canta, yo recorro los pasillos de la dependencia repartiendo mamporros contras las puertas y gritando «¡hora de trabajar!» o «¡suficiente descanso por hoy, holgazanes!».

Muchas veces he tenido que aplicar la violencia: eso no importa. Otras veces he tenido que contenerme, pero ninguna cosa me impedía hacer lo que quisiera… Lo más complaciente era verlos con el rabo entre las patas, eso me quitaba de encima tiempo para interactuar con ellos y podía dedicarlo a la concentración o al conocimiento de mi propio YO. Entonces empuñando la brillante herramienta comenzaba con el dichoso amedrentamiento. Por supuesto que había ciertas condiciones que cumplir.  Primero no había que dar golpes en la zona del cerebro porque eso dejaría secuelas para toda la vida, y me podría traer problemas luego. Un trabajo bien realizado consistía en ubicar las zonas blandas, aquellas en donde se concentra una abundante cantidad de grasa, como en la panza, en los brazos o nalgas: eso actuaría como un amortiguador, algo gelatinoso que contenga el golpe, que solo produciría un enrojecimiento de la piel que desaparecería al cabo de unos pocos días.